Descubre tu sistema inmunitario

Enfermedades, estilo de vida, genética, alimentación….son conceptos que se asocian al sistema inmune pero ¿qué conoces sobre la principal defensa de tu organismo? Te hablamos de este importante conjunto de órganos y células que forman una eficaz barrera.

Antes de nacer, nuestro cuerpo tolera las células extrañas a su propio organismo. Cuando se están formando nuestra piel, huesos e incluso nuestra capacidad de oír, llegan de forma constante proteínas y sustancias al feto a través de la placenta. En ese momento en el que tan delicados somos, el pequeño cuerpo ya se defiende. Y lo hace de forma más pacífica que un cuerpo adulto, ya que los linfocitos T reguladores no marcan el material extraño para atacarlo sino que tienen una respuesta adaptativa.

Cuando nacemos y nos hacemos mayores, nuestro cuerpo evoluciona pero el sistema inmunitario que nos defiende es, en su mayor medida, el resultado de esas nueve semanas de gestación y adaptación.

Una idea tan sencilla tiene detrás un complejo sistema de órganos, tejidos y células especializadas, los glóbulos blancos o leucocitos.

El hígado, en el feto, y la médula ósea, en los adultos, son los órganos primarios del sistema inmune. Ambos se encargan de la maduración de los linfocitos B. Los linfocitos T maduran en el timo, una glándula endocrina. Los linfocitos B y T son un tipo de glóbulos blancos que se encargan de la identificación de los antígenos a través de los anticuerpos y de reconocer lo extraño y atacarlo, respectivamente.

A los linfocitos B y T se suman los “natural Killer”, unos linfocitos capaces de destruir células infectadas por virus y células tumorales.

Los ganglios linfáticos, las amígdalas, las placas de Peyer, el bazo y los tejidos linfoides asociados a mucosas, son órganos secundarios que proporcionan el entorno que los linfocitos necesitan para su buen funcionamiento.

Los glóbulos blancos son las principales células defensoras del organismo y tienen diferentes especializaciones:

  • Los granulocitos circulan en la sangre y viajan a los tejidos durante la respuesta inflamatoria. Además, unidos a los monocitos, generan los precursores que salen de la médula ósea. Dentro de los granulocitos, los neutrófilos son las células que primero llegan al foco infeccioso y su eficacia, puede ser igual de destructiva para las células del propio cuerpo.
  • Los monocitos son macrófagos especializados que residen en el pulmón, el hígado , el riñón, el cerebro, los huesos, el bazo o los ganglios linfáticos.
  • Las células dendríticas cumplen una función súper especializada para activar e “instruir” a los linfocitos.
  • Los linfocitos reconocen y atacan las células extrañas.

El papel del ecosistema del intestino

El intestino es el órgano donde reside la parte más extensa del sistema inmunitario.

Por una parte, la microbiota intestinal se adhiere a la mucosa intestinal haciendo de barrera que impide que los agentes patógenos colonicen el intestino. La microbiota está formada por billones de bacterias con conviven en un equilibrio que la mala alimentación o el consumo de antibióticos.

El tejido linfoide alojado en el intestino, constituye la barrera protectora más importante: las placas de Peyer y los nódulos linfoides mesentéricos forman parte de este sistema en el que conviven también muchos tipos de células asociadas al sistema inmunitario.

Además, el epitelio intestinal también constituye una barrera protectora con una gran cantidad de células específicas.

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¿Cuáles son las amenazas a nuestro sistema de defensa?

 Las bacterias y los virus, las toxinas, las células cancerígenas y la sangre y tejidos de otras personas, son amenazas para el organismo durante toda nuestra vida. Es posible que por si solas no provoquen enfermedades sino que se combinan con otros factores que hacen que a unas personas les afecten más o otras menos: nuestro estilo de vida o el ambiente en el que nos movemos, incluso el ambiente interno afectan a nuestra salud.

Sin embargo, el factor decisivo que condiciona nuestra respuesta inmune es el factor genético, que determina si nuestro sistema inmunológico es fuerte en condiciones normales.

El sistema de defensas del cuerpo humano también ha ido evolucionando. Mientras el riesgo de infección disminuye, las patologías inflamatorias y autoinmunes son cada vez más frecuentes. En un momento en el que un virus ha traído una pandemia mundial y cientos de miles de fallecidos, hablar de esta evolución en el tipo de patologías que padecemos, parece irrelevante pero lo cierto es que, en general, vemos cada vez más este tipo de enfermedades. 

 

¿Por qué no contraemos dos veces la misma enfermedad?

Nuestro sistema inmunitario son varios sistemas inmunitarios. El innato, el adquirido y el pasivo. La inmunidad innata es la que llevamos “de serie” cuando nacemos y está formada por un sistema de barreras que nos protegen.

Estas barreras son, entre otros, la piel, el reflejo de la tos, el moco…De una forma más precisa, esas barreras pueden ser citosinas, físico-químicas (piel , mucosas, cilios de la nariz y la tráquea…), células (fagocitos mononucleares y neutrófilos) y factores solubles (lisozima, moco, gérmenes de la vagina, la piel y el intestino, entre otros).

El sistema inmunitario adquirido se va formado por lo que llamamos “memoria inmunitaria” y complementa al sistema inmunitario innato. Cuando contraemos una enfermedad, es porque un agente patógeno ha entrado en contacto con nuestro organismo. A partir de ese momento, las células llamadas lifocitos B, generan anticuerpos que permanecen en nuestro organismo. Cuando el mismo microbio entra en nuestro organismo, nuestro cuerpo ya es capaz de reconocerlo y pone en marcha la respuesta inmune para defenderse.

Podemos decir que en el primer “ataque”, el agente patógeno pilla por sorpresa a nuestro organismo y lo ataca. Al mismo tiempo, nuestro sistema inmunitario se defiende y de ahí, por ejemplo, que tengamos fiebre. Gracias al desarrollo de los anticuerpos, si se produce un segundo ataque, ya hay un reconocimiento del agente extraño y el cuerpo puede actuar a tiempo. Por este motivo, hay enfermedades que solo contraemos una vez en la vida.

La inmunidad pasiva es la protección “prestada” como la que aportan la leche materna o las vacunas, por ejemplo.

Factores que debilitan el sistema inmunitario

Candidiasis intestinal. La infección por candida albicans desestabiliza el equilibrio de la microbiota intestinal. La candida es un hongo invasor que, además, se extiende desde el intestino a las mucosas de la boca, la piel o los órganos sexuales.

Esta enfermedad puede afectar a la permeabilidad intestinal, permitiendo que esta bacteria entre en el torrente sanguíneo.

Antibióticos. El uso de antibióticos puede tener un grave efecto secundario, puede eliminar las bacterias buenas de nuestro intestino. Más allá, se ha descubierto que el antibiótico puede afectar al microambiente de la infección, provocando cambios que protejan al patógeno bacteriano.

Envejecimiento. El envejecimiento también afecta al funcionamiento del sistema inmunitario: responde de forma más lenta para atacar al patógeno, y también en la curación. También disminuye la capacidad para detectar y corregir defectos celulares como los que originan los tumores.

Si bien el envejecimiento no se puede prevenir, sí que podemos actuar para que los efectos sobre nuestro sistema inmunitario sean más leves: el ejercicio físico, la alimentación, el control sobre el consumo de alcohol y tabaco son factores que pueden mantenernos nuestro sistema inmunitario más fuerte.

Factores psicológicos como el estrés o la ansiedad pueden debilitar nuestro sistema inmunitario y aumentar la posibilidad de padecer enfermedades inflamatorias o autoinmunes.

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